martes, 5 de marzo de 2019

Lo he vuelto a hacer


Tengo tantos sentimientos dentro que me da miedo empezar a ponerles nombre.


Siento que si vuelvo a abrirme en canal para alguien voy a volver a desangrarme y no sé si estoy preparada para verme morir otra vez.


El aire me entra en los pulmones y casi parece tan azul como siempre. Pero todavía no.
Siento que cada vez que intento arrancar acabo en las mismas letras pero prometo que cada día son más bonitas aunque suenen igual. 
En las últimas semanas he sentido por lo menos dos veces que todo era real y ha sido tan intenso que he vuelto a tener miedo.
Miedo de que se vaya y no vuelva.
Miedo de que tenga que pasarme toda la vida buscando.
Miedo de vivir sin vivir.
Miedo de que vuelva y se quede y yo ya no esté a la altura de mí misma.
Qué ridícula .
Me pregunto casi todos los días si en algún momento seré capaz de ser como era antes del naufragio. Si podré reírme igual y sentirme tan especial y pisar tan fuerte pero a la vez de puntillas.
También me pregunto dónde he estado todo este tiempo. Y si las personas que me han conocido y me han querido desde entonces seguirán ahí si ya no soy. Si realmente se puede querer a alguien que no existe. Si les he mentido. Si puedo tirarlo todo y romperlo todo y empezar otra vez.

Me había agarrado muy fuerte a la posibilidad de que si me recuperaba todo volviese a ser como antes. Me había agarrado tan fuerte que estaba prácticamente segura de que pasaría. Tan fuerte que más que una posibilidad era una certeza. Pero no.
Si tuviera que hacer una lista de las diez mejores noches de mi vida, tú estarías en ocho. Y eso me destroza porque antes hubieras estado en todas. Pero ya no. Ya no lo consigo. Ya no puedo hacer lo único que sentía que se me daba bien en la vida y ahora tengo un hueco muy grande en el pecho y me da miedo volver a llenarlo con frecuencias cardíacas que no sean las tuyas. Las tuyas me las sé todas y las reconocería con los oídos tapados. Me gustaría cerrar los ojos y volver a encontrarlas y elegirte a ti otras mil veces. Y tengo tanto miedo que podría pasarme otras mil noches forzándome para no sentir nada por nadie que no seas tú y no besar a nadie que no seas tú y no notar en el estómago con nadie la adrenalina que notaba contigo, pero sé que eso acaba irremediablemente en naufragio y lo único que me da más miedo que todo esto es volver al mar y ahogarme otra vez. 
Cómo te explico que te he querido con toda la fuerza que tenía en el cuerpo y que todo eso se lo llevó la corriente sin pedirme permiso. Que me odio por no haberlo agarrado más fuerte. 
Que no me acuerdo de quién era antes de ti y no sé quién tengo que ser después. 
Que no sé qué va a pasar conmigo si nadie consigue que vuelva a llorar de amor porque eso me definía tan bien que parecía que lo había inventado yo. 
Que no sé qué va a pasar cuando me acueste en otro pecho y suene diferente y los latidos no lleven el mismo compás que los tuyos. 
Que me volveré loca. 




Siento haberlo destrozado todo. 





lunes, 13 de agosto de 2018

Nostalgia

Dos latidos fuertes,
uno más suave.
Respirar con el diafragma hasta que no eres capaz de dar cobijo a más oxígeno. Invitar al aire a salir entre los labios, como si soplases velas de cumpleaños.
Como si se fuesen a cumplir los deseos si no los pides en voz alta.
He vuelto a sentir lo que había fuera.
He dejado de ver la realidad con filtros de distorsión. 
He notado el calor, pero sobre todo la calidez.
He escuchado el ruido, pero sobre todo las voces.
He visto a personas interactuando y por primera vez en meses no me han parecido un escenario, han dejado de ser un mero decorado. Ya no hay película.


He sido una persona perdida

y sin rumbo
y sin ilusiones
y sin metas.
He sido una persona errante.
Nómada.
He perdido cualquier vínculo con todo aquello que parecía ser un hogar hecho para mí.


Cierro los ojos y puedo oír las olas.

Me muerdo los labios y saben a sal.
Aprieto los puños y recuerdo exactamente la sensación de la arena que se escurre entre los dedos acariciando todo lo que toca.
No puedo explicarlo.


Una noche monté en un autobús y el hechizo se había desvanecido.

Ya no estaba dentro de una campana de cristal.
Las voces sonaban más altas.
Los colores parecían más fuertes.
Con los ojos cerrados podía sentirlo todo.
Sentir el calor en la piel.
Sentir la vida en las venas.
Sentir el verano.
La excitación de un sábado por la noche.
Las prisas.
Las ganas.
Necesité llorar porque por fin algo volvió a hacer contacto dentro de mí y parecía que todo había terminado.
Y lloré.
Y no terminó.
Al día siguiente todo volvía a ser igual.
Pero diferente.
Diferente, porque tenía la certeza absoluta de que sanar es posible.
No es sólo un sueño.
No es una esperanza.
Va a pasar.
Ya está pasando.

Vuelvo a casa.




viernes, 30 de marzo de 2018

Chica-estrella

Miro hacia atrás y solamente veo a una chica sumergida en una niebla gris que poco a poco se vuelve negra. A veces todo está tan oscuro que ni siquiera veo a la chica. Es raro, porque esa chica es una chica de colores muy brillantes. Pero nada, no está, o no quiere estar. No puedo verla. Se esconde, o puede que algo más grande la esté escondiendo o la esté obligando a esconderse. 
También veo decadencia y veo dolor. Y veo incapacidad. Indiferencia. Sobre todo desesperanza. Y todo eso me pone triste porque la chica de los colores brillantes totalmente sumida en espirales oscuras era yo.

A veces sueño con ella y lloro. Me da miedo que vuelva.

Todas las fotos de entonces son como un vacío en el pecho y una voz que dice qué jodida estás. Todo parece difuminado y no hay sentimientos por ninguna parte. Solamente un hueco enorme donde debería haber habido vida. 

Me gustaría abrazarla y decirle que ya me estoy encargado de todo y que la etapa de curación va ser larga pero va a merecer la pena. Pero para qué, si tenía la mirada vacía y el corazón vacío y el alma ausente. Para qué.

También me gustaría decirle que está siendo muy valiente y que no pasa nada si está enferma, que yo la voy a querer igual y la voy a querer siempre. Incluso cuando la odiaba. 

Tendría que haberme esforzado más en cuidarla y menos en hacerla sentir pequeña. Tendría que haberla alejado de todo lo que la hacía sentir siempre fuera de lugar.
De las personas con espinas y de sus comentarios venenosos.
Tendría que haberle explicado que a veces da igual no encajar en ninguna parte porque quizá tenía que seguir buscando en lugar de quedarse en lugares que amargan.
Tendría que haberle contado que no se está tan mal sola y que sola es como más libre iba a ser. 

Pero creo que ya se dio cuenta ella sola.


Porque las chicas llenas de estrellas brillan más cuando está oscuro y aunque nadie más esté mirando. 




jueves, 10 de agosto de 2017

52 Hz.

Las ballenas cantan en una frecuencia de entre 10 y 39 hercios.
Los seres humanos decimos que cantan porque emiten patrones de sonidos repetitivos y muy predecibles, parecidos a nuestra manera de estructurar las canciones. 

Hace tanto tiempo que no canto que probablemente al intentarlo me haría añicos la garganta.
No sé si lo que me queda entre las cuerdas vocales es cristal o hielo, pero estoy segura de que al romperse debe doler. 
Hace tanto tiempo que nada me duele que quizá debería cantar para sentir algo. Hace tanto tiempo que nada me importa que lo más probable es que eso tampoco vaya a hacerlo. 

Si tuviera que componer una canción probablemente hablase de lo jodido que es ver la vida desde el otro lado del espejo, detrás de una ventana desde la que se ve pero no se siente. Lloraría por no encontrar el camino de vuelta a mí misma, por ser incapaz de volver y por estar casi segura de que no existen los pasos necesarios para mi regreso por mucho que me sangren los pies mientras los busco.
Lloraría porque todo lo que tengo por dentro es frío. A veces es triste, pero frío, siempre. Y hueco, tan vacío que el más mínimo crujido hace eco. 

Rimaría hasta no poder más, hasta caer dormida y por fin descansar, olvidar que vivo como si soñase, soñar sueños que sean solo eso. Solo sueños. 
Soñaría con cerrar los ojos y sentir calor en el pecho, con compartir besos que me salieran del corazón y llegasen hasta él. Con reír y llorar y reír otra vez y que todo pareciese real. Con colores que cada vez noto más apagados y menos bellos. Con melodías que me llevaran al llanto y no volvieran a serme indiferentes nunca más. Con querer con toda el alma como pensaba que solo sabía hacer yo. 
Con estar juntos y que ya nada pudiese asustarme. Ni siquiera yo me daría miedo. Quizá volviese el sol. 

Soñaría con derretir ese puto muro que no me deja llegar al otro lado. 

Algunas ballenas cantan con una frecuencia de 52 hercios y ninguna otra ballena del océano llega jamás a entenderlas. Ni siquiera las oyen.
Están completamente solas durante toda su vida. Incomprendidas, empujadas al aislamiento desde que nacen hasta que mueren. Empujadas a vivir sin estar viviendo. 

No quiero pensar más en mí misma como si fuera una ballena muda. 
No puedo dejar de pensar en el resto como si fueran ballenas sordas. 
Que ni me ven
Ni me oyen. 
Ni me entienden. 
Ni lo intentan. 

Nunca lo han intentado. 




domingo, 26 de marzo de 2017

El azul es un color cálido

Era azul como el agua del mar en un día de tormenta en diciembre, tan fría y tan cambiante como hielo en un gintonik. Tan insumisa como el propio agua. Tan difícil de contener. Tan libre. 

Tenía el pelo azul para poder camuflarse con el oleaje y que nadie le preguntara demasiadas veces qué hacía tantas horas observando el océano desde el Peine del Viento cualquier día del año. Era envolvente como la resaca en la orilla y luminosa como un faro en plena tormenta. Escuchaba los gritos del viento en las rocas y esperaba hasta que el mar rugía y las olas le mojaban la carita despertando vida, como quien saluda a un viejo amigo. Y respiraba el salitre tan profundo que quizá lo lleve pintado en los pulmones. 

Tenía azul el alma y por eso en la orilla parecía ser ingobernable y estar en casa, en un mundo menos feo y en el recodo más seguro de su existencia. Por eso sentía el agua dentro, escapaba como espuma de mar entre los dedos, media el tiempo en relojes de arena y tenía la sal cosida a los labios.

Era toda de colores azules y turquesas bailando pero sin mezclarse, condenados a besarse y distanciarse y besarse otra vez en un continuo. 
Era surcar el mar sin velas ni barcos, intentar contener tanta belleza en unas pocas líneas, abrazar la calma y también la guerra hasta sentirlas parte de sí misma. Era el viento que le enredada el pelo y arrancaba gemidos del arte de Txillida.

Pero ella sabía que los gemidos en realidad eran gritos. Los gritos del mar y sus propios gritos. Gritos antiguos de muertas que lucharon y gritos nuevos de mujeres que luchan. Gritos de revolución.  Gritos de guerra. 



sábado, 25 de febrero de 2017

Deberes

Pensaba que iba a escribir sobre deshielos, pero lo que necesito es hablar sobre despertares.
Me sentía como un manojo de emociones congeladas esperando a que llegase el alba para comenzar a hacerse agua y terminar tan bellos como antes, pero no.
La imagen no estaba congelada.
La vida no estaba en pausa.
Solamente estaba dormida y arrinconada en la esquinita más recóndita y oscura de mi ser, cerrada con cuatro pestillos y nueve llaves.

He vivido desde detrás de un cristal, observándo la realidad pero sin poder tocarla.
He vivido con la cabeza llena de niebla.
He vivido dentro de una pecera sin poder apenas ver ni oír nada que estuviera fuera pero tampoco nada que estuviera dentro. Como cuando metes la cabeza en la bañera y te retumba el agua en los oídos.
He deseado poder parar el tiempo para descansar hasta volver a tener fuerzas mientras caminaba por la calle. Lo he deseado con mucha fuerza. Lo he ansiado. Me ha agotado el mero intento de ir de un lugar a otro. Parar, tumbarme en el suelo, descansar y seguir con mi camino. Como si fuera un videojuego.

Me he sentido fría, insensible, inmutable, indiferente.
Indiferente a todo.
A absolutamente todo.
He vivido en sueños, he soñado que vivía, he vagado sin propósitos ni ilusiones. He respirado, caminado y latido, pero estaba muerta. Tan muerta como una muñeca. Tan no viva. Tan inerte.

A veces siento la energía despertando, la siento golpeando la puerta, ansiando destrozarla y escurriéndose por los huecos más ínfimos. Luchando por ganar terreno, por ser libre y volver a tener el dominio de mi vida, las riendas de mi historia.

Demasiado frecuentemente llega la ola y lo arrastra todo, hasta que el sentir vuelve a estar encerrado y la puerta se vuelve tan sólida que asusta. Y otra vez existo en piloto automático. Intento contactar con mi alma, pero no llego. No la encuentro. No la siento dentro de mí. Esta ahí, secuestrada, amordazada e inducida forzosamente al sueño, lo sé. Tiene estar ahí. Solamente tengo que estirar los dedos para poder rozar su esencia azul. Pero no. Pero nunca. La puerta. Los candados. Las llaves. La oscuridad del rinconcito. El frío. La apatía. El desinterés. La indiferencia más colosal que existe. Tan alta como la luna, tan ancha el océano, tan fuerte como la piedra.
No la quiero. Corro. Corro hasta que me canso pero siempre me alcanza. Me agarra con todos esos brazos helados, me cubre, me atrapa y vuelve a encerrarme en el rincón. Como cuando sabes que estás teniendo una pesadilla y no puedes hacer nada por despertar.

Despertar.

Llevaba tanto tiempo en la jaula que pensaba que la vida se reducía a eso. Que olvidé que existía todo lo demás.
Y dejé de llorar. Dejé de reír. Dejé de estudiar. Dejé de crear. Dejé de amar. Dejé de sentir. Perdí toda capacidad emocional. Me rendí a la indiferencia. Cantó para mí de una manera tan dulce que consiguió hacerme dormir.
Y pasó una primavera.
Y paso un otoño.
Y otra primavera.
Y desperté.
Desperté sin querer.
Desperté aturdida, me asusté, volví a dormirme. El sueño se me enredaba en el pelo y me hacía caricias en las pestañas. Pero yo quería despertar. Quería gritar. Quería salir de ese agujero horrible y sentir el sol en la piel. Quería correr. Y desperté. Y luché. Y huí. Y me encontré conmigo misma mientras me buscaba y me abracé como a una hermana. Y me sentí desequilibrada, enferma. Y temí perder el juicio. Y quise que todo acabara. Y me sentí encerrada. Y lloré. Lloré de alegría y de emoción y de frustración y de miedo. Sobre todo de miedo. De miedo a volver a dormirme y no poder despertarme.
Estoy luchando contra esto aunque muchos días no soy capaz de hacerlo.
Estoy peleando.
Soy una guerrera.
Una guerrera de despertares.