miércoles, 23 de marzo de 2016

Polvo en el viento.

Sostenme la sonrisa hasta que encuentre motivos para reír de verdad. O vente a buscarlos conmigo.

Ha dejado de llover aquí dentro y todavía noto cómo las gotas se escurren por el cristal que me cubre los pulmones. Me recuerdan a las carreras que hacíamos mi hermano y yo con la lluvia en las ventanillas del coche de mi padre. Nos reíamos tanto que nunca supimos quién ganaba. Tengo la impresión de que mi lluvia siempre es la más rápida -y la más devastadora-, pero sólo puedo decirlo después de muchos años de tormentas emocionales, así que puede que no fuera así en aquel entonces.
En mis lluvias torrenciales sigo viéndonos caminando de la mano, y me besas, y nos mojamos, y qué importa que el mundo se esté yendo a pique.
El caso es que nuestros labios se han quedado entre mis cristales y ya no me queda valor para escribir sobre ellos. Pero te prometo que en mi estómago los noto como gorriones haciéndome cosquillas y llenándolo todo de plumas pardas y canciones con una letra que se escapa a mi entender.

lunes, 29 de febrero de 2016

Invierno y muerte metafórica.

Tiene tatuado con cristal de hielo un escalofrío a lo largo del perfil de la cintura.
Camina con paso incierto pero pisa fuerte, con un caminar que sabe a los primeros rayos del sol de invierno y a la luz fría y azul de mil madrugadas en calles heladas por el desamor de principios de febrero. Los pies prácticamente muertos, los dedos entumecidos y los labios rotos por el viento. Las costillas como teclas de acordeón sin afinar, como doce estalactitas dispuestas en fila siguiendo algún tipo de orden divino bajo una piel tejida con aguja y ganas de olvidarse.
Me pregunto si sabrá dejarse querer o si una noche en su cama será tan mortal como el filo de sus labios y la caída de sus párpados.

"Una vez que has saltado desde tan alto ya nadie puede volver a retenerte jamás", porque, por si no se había acabado de entender, los muertos no acatan órdenes.

En algún momento he retomado la odiosa costumbre de hablar de mí misma en tercera persona.
Me pregunto si el embalse de su ombligo será un buen lugar al que ir a naufragar. Al que ir a morir, porque del frío de la estepa nadie sale vivo, y eso se sabe desde antes de iniciar la expedición. Puede que la curiosidad sea una buena excusa para disfrazar de aventura el suicidio. Quiero su entumecimiento despertándome la piel de la espalda, desde los base hasta el cielo, sin parar. Que les recuerde a mis paletillas que siguen siendo el punto exacto en que las alas se me unen al cuerpo. Para qué iban a estar ahí sino. Para guardar un vestigio de cielo abierto y la promesa de volver a caer. Caer en el infierno de sus vértebras o en cualquier otra parte, pero con predilección por la primera opción. Me pregunto si soplarle en la nuca será como llorar en Finlandia y que las lágrimas se hagan hielo en tus mejillas. Puede que esté hecha de agua de mar, y por eso la vuelve invierno el contacto con el ambiente. Menos nueve grados y bajando. Bajando por las carreras de mis medias. Bajando por las paredes de mi alma hasta el mismísimo fondo. Bajándome las ganas de saltar, el miedo a sentir a pleno pulmón, la falda. Adormeciéndome, enredándome la conciencia con el frío de las cuatro de la mañana, cosiéndome el sueño a las pestañas. El sueño de quien necesita poner la vida en pause hasta retomar fuerzas sin que el tiempo corra hasta que esté preparada para un nuevo asalto. El sueño de quien se duerme en la nieve y ya no vuelve a despertar.

Y se hace ingobernable. 


 https://secure.static.tumblr.com/02fd80057d00185fc0c5fd312368f71b/rbusqwg/tTNo0za2f/tumblr_static_filename_640_v2.jpg

miércoles, 24 de febrero de 2016

Salté.

Caminaba por puntos y a parte hasta que llegué a un punto y final con una caída libre infinita. Y ni me lo pensé. Salté.

Os prometo que en el vacío a nadie le importan los puntos cardinales.


Y ojalá los hubiera, ojalá una brújula con tu nombre en el norte
que me indicase dónde re-encontrarte
mientras coso margaritas entre mis versos
para que no se escapen.
Pensándote entre pétalos.
Unos brazos que me mecen durante las tormentas,
los hombros en los que reposar la cabeza hasta encontrar calor.
Calor de cualquier tipo, no sólo el que implica un ascenso de temperatura sino también el que te hace sentir a salvo.
Un pecho por el que pasear mis pinceles y pintar lluvias de estrellas
y escuchar latidos algo desacompasados durante noches enteras -ligeramente más rápidos al coger aire, algo más lentos al soltarlo-.
Las manos a las que me agarro para sentirle cerca por la calle, en la cama y hasta en sueños.
Primera estación, segunda, primavera, otoño, invierno, verano. Espero que esta vez sí me estés entendiendo.
Sus ojos.
Tan negros como el cielo por las noches
y a la vez tan claros como rayos de sol.
Tan limpios como cristales de agua y luz.
Un mapa celeste completo concentrado entre las pestañas.
Gritar tan fuerte que despertemos a la tormenta, que resucite en el cielo y volver al paso uno en bucle: unos brazos que me mezcan hasta que acabe.


Una vez que el vértigo se te ha aferrado al corazón resulta incluso erótico que te disparen adrenalina en la sien.



lunes, 11 de enero de 2016

Fallen.

"Cuando has imaginado un beso cientos de veces, basta con que te tapes los ojos para sentirlo segundo a segundo." 

Míranos otra vez aquí, muriendo otras mil veces sin soltarnos la mano, sonriéndoles a los precipicios porque nuestro salto al vacío es dolorosamente más profundo que el suyo, y nuestro suelo no puede verse porque lo cubren cientos de de bocetos a lápiz de rosas a medio terminar.
Como si fuéramos árboles en otoño y se nos cayesen los años, como las hojas de un calendario. Como promesas atemporales.
Otra ves preguntándonos qué será lo que le ocurre a esta chica triste, por qué siempre parece que le faltan piezas. Por qué sus engranajes no dan ni el día ni la hora pero hacen que parezca tan segura y tan impasible. Qué le habrá pasado para haberse quedado vacía y seca de sentir, si alguna vez volverá a sangrar acuarelas y a escribir castillos en el aire de los que saben a sal. 
Déjala que se asome a la ventana, que te prometo que no va a saltar. Que se conforma con ver las luces de otras vidas en los cristales de otros edificios. Que está siendo Fallen, de Imagine Dragons, y quiere dejar de esconderse. Y sin embargo juraría que ella también juega a un escondite sentimental y por eso le brillan diferentes los ojos. Como si el frío lo estuviese cubriendo todo, tapándolo, obligándolo a vivir en lo más profundo del alma. Me da miedo a veces, por si no vuelvo a emocionarme nunca jamás. Joder, me gustaba sentirlo todo al límite, como si me quemasen las venas.



miércoles, 18 de noviembre de 2015

Nadie

                                                                                                         5 de junio de 2014


La habitación estaba oscura, y los rayos de luna entraban por las ventanas. Ni siquiera necesitaba persianas, no podía vivir sin ver el cielo. Estaba sentada en la cama, con los reflejos mortecinos que se colaban por el cristal acariciándole las mejillas, haciendo que su pelo pareciese hecho de hilos de plata.
La noche se convertía en día solo para ella.
Miraba al cielo, como cada noche desde hacia demasiados años, tantos que su memoria no llegaba a recordarlos todos. Había intentado ahogarlos todo en alcohol, alejarlos para que jamás volviesen.
Le brillaban los ojos, había estado llorando, como ya era costumbre en ella. Tenía los ojos tristes de quien ha  sufrido más de la cuenta. Sonreía con su sonrisa rota, con la seguridad de quien ha aprendido a hacerlo sin sentirlo, sin sentir absolutamente nada, en realidad. De quien ya no tiene miedo de la muerte.
La luna brillaba para ella, porque sabía que era quién más necesitaba saber que en alguna parte existe la luz, aunque todo parezca tan oscuro que tiembla solo con pensarlo. La luna sabe que necesita creer, las estrellas juegan a parpadear cuando ella las mira. La segunda a la derecha. La segunda a la derecha es su verdadero hogar, ¿sabéis? Es triste, pero también es bonito; en vida tan solo encontró el lugar al que llamar hogar escondido entre las páginas de un libro. Había sentido ese calor familiar, esa sensación de cariño y calidez en otros sitios, pero ninguno de ellos era real. Un colegio encantado cuya torre de astronomía amenazaba con rozar el firmamento, la casa de la mujer del herrero en un pueblecito del pirineo, las runas de Isabelle Lightwood, el pozo de Osadía, la fortaleza de Limbad con Chris Tara de fondo. Incluso dentro de un Jeep Comander, entre los brazos de un ángel caído convertido en custodio.
Pero ninguno era como Nunca Jamás, nada conseguía igualarlo. Porque su aventura personal era la de ser para siempre una niña. Y la única persona con la que estaba dispuesta a pasar el resto de sus días, se llamaba Peter Pan. Y ahí residía toda su belleza.
A fin de cuentas, nunca dejó de ser una niña perdida, que seguiría estándolo hasta que no le quedase otro remedio. Y, ¿sabéis? los niños que se pierden y no son reclamados en una semana, tienen un vuelo directo a Nunca Jamás, por cortesía de esas señoritas tan hermosas que son las hadas.
Y a mí quién iba a reclamarme, si ni siquiera supieron que me había perdido. Se me acabó el plazo, y no vino absolutamente nadie.


Ni siquiera las hadas.

Quién querría a una chica con el alma rota.







Ella

                                                                                                   15 de mayo de 2014


Cómo explicaros que hace ya días que hay algo que no marcha.
Que tengo algo aquí dentro que ha dejado de funcionar, o que quizá no funcionó nunca y ha empezado a hacerlo ahora. Sí, puede que sea eso, que tengo aquí dentro algo que hasta ahora estaba roto y ahora sin preguntar ni pedir permiso, sin ninguna ayuda, se ha arreglado. Ya os digo que podría ser al contrario, porque a cada paso que doy voy perdiendo fragmentos de cristal, y desde luego que al menos en lo que a mi alma respecta, no pide permiso tampoco para romperse.
Lo que quiero decir es que no sé que pasa. Quizá mirarme al espejo sea hoy un poco más triste de lo habitual, quizá sea que todas las cosas terminan, por muy bonitas que sean.
No tengo ganas de escribir. Pensaba que no iba a pasarme, pero ha pasado. Como el invierno, que ha pasado de largo sin ni siquiera dar las buenas noches, que parecía no acabar nunca y mira, resulta que hay flores blancas en el porche. Tan blancas que diría que son escarcha. Quizá el problema sea que me he convertido en invierno y la primavera me ha arreglado, pero a la vez me ha hundido, y no sé hasta qué punto es malo. O bueno.
Sigo pensando en ella, ¿sabéis? En encontrarla al doblar cualquier esquina, en encontrar a la chica del pelo rojo y los ojos brillantes. La de la sonrisa triste. Pero espero que si llego a encontrarla, esté contenta, que se ría como antes, y hasta los gorriones se giren para mirarla y reír con ella. Que siga despeñándose por abismos de compases, de melodías y de puntos y a parte. No sé, que sea ella. Que sea yo, que quizá me tenga delante y aún no me haya visto, o quizá no me he reconocido. El caso es que ya no encuentro metáforas ni rimas, y quizá sea que estoy más cerca de lo que pienso. OCómo explicaros que hace ya días que hay algo que no marcha. Que tengo algo aquí dentro que ha dejado de funcionar, o que quizá no funcionó nunca y ha empezado a hacerlo ahora. Sí, puede que sea eso, que tengo aquí dentro algo que hasta ahora estaba roto y ahora sin preguntar ni pedir permiso, sin ninguna ayuda, se ha arreglado. Ya os digo que podría ser al contrario, porque a cada paso que doy voy perdiendo fragmentos de cristal, y desde luego que al menos en lo que a mi alma respecta, no pide permiso tampoco para romperse.

Lo que quiero decir es que no sé que pasa. Quizá mirarme al espejo sea hoy un poco más triste de lo habitual, quizá sea que todas las cosas terminan, por muy bonitas que sean.
No tengo ganas de escribir. Pensaba que no iba a pasarme, pero ha pasado. Como el invierno, que ha pasado de largo sin ni siquiera dar las buenas noches, que parecía no acabar nunca y mira, resulta que hay flores blancas en el porche. Tan blancas que diría que son escarcha. Quizá el problema sea que me he convertido en invierno y la primavera me ha arreglado, pero a la vez me ha hundido, y no sé hasta qué punto es malo. O bueno.
Sigo pensando en ella, ¿sabéis? En encontrarla al doblar cualquier esquina, en encontrar a la chica del pelo rojo y los ojos brillantes. La de la sonrisa triste. Pero espero que si llego a encontrarla, esté contenta, que se ría como antes, y hasta los gorriones se giren para mirarla y reír con ella. Que siga despeñándose por abismos de compases, de melodías y de puntos y a parte. No sé, que sea ella. Que sea yo, que quizá me tenga delante y aún no me haya visto, o quizá no me he reconocido.

El caso es que ya no encuentro metáforas ni rimas, y quizá sea que estoy más cerca de lo que pienso.
Ojalá esta vez tenga suerte.






martes, 17 de noviembre de 2015

No es el final

No puedo dejar de referirme a mí misma evocando tormentas. Y la verdad es que no sé por qué, si siempre me he conformado con verlas a través del cristal de la ventana de mi habitación, tapada hasta el cuello con mil mantas y pensando en que jamás saldría a bailar bajo la lluvia como en las películas, porque, a fin de cuentas, eso es una locura. Las tormentas siempre están ahí, ¿entiendes?, quiero decir que es un continuo, que a pesar de haber contemplado el sol durante días es previsible que antes o después llegará el agua, en un ciclo vital incesante. Las tormentas de verano personifican mis peores desastres, el llanto fuerte que llega y colisiona conmigo con la fuerza de un puto ciclón, y me hace llover de manera intensa durante horas, dejándome la piel llena de surcos por los que el agua avanza, y que llegados a un punto se esfuma tan inesperadamente como había llegado. Sin embargo las peores son las precipitaciones de invierno, que pueden durar días de lenta agonía, imposibilitando ver el más leve rastro de luz solar. Demasiadas nubes durante demasiados días, muy pocas horas de descanso antes de retomar el desasosiego, entre un tormento y el siguiente. La lluvia en otoño es una nueva variante de depresión, y en invierno se intensifica tanto que tan solo se me antoja conocer la felicidad en forma de muerte. Decadencia lenta sumida en lo más profundo de mi caos, en un rincón de mis abismos que nadie osaría pisar. Demasiada tristeza en un cuerpo tan pequeño. Nubarrones negros incrustados entre las costillas y humedades constantes y frías en el pulmón derecho. En el izquierdo solo hay charcos. Si fuera una tormenta, mi sistema nervioso estaría compuesto por vientos helados y sueños frustrados. El corazón tendría un ventrículo para las ansias de superación, y otro para las mil novecientas tres veces que me he odiado por haberme rendido. He tardado demasiado en darme cuenta de que puedo yo sola y no dependo de nadie, pero desde que lo supe no he dejado de esperar que alguien llegase y me dijese que, a pesar de ser suficiente yo sola, le haría feliz acompañarme. Y no.
Si puedes sola, sigue sola, a pesar de que tengas la mirada rota de tanto suplicar un acompañante que te coja de la mano para recorrer las calles de la vida y las dudas de la existencia.
Como alguien me dijo alguna vez, y a pesar de seguir sin creérmelo a día de hoy, si el final no es feliz significa que no es el final.