Caminaba por puntos y a parte hasta que llegué a un punto y final con una caída libre infinita. Y ni me lo pensé. Salté.
Os prometo que en el vacío a nadie le importan los puntos cardinales.
Y ojalá los hubiera, ojalá una brújula con tu nombre en el norte
que me indicase dónde re-encontrarte
mientras coso margaritas entre mis versos
para que no se escapen.
Pensándote entre pétalos.
Unos brazos que me mecen durante las tormentas,
los hombros en los que reposar la cabeza hasta encontrar calor.
Calor de cualquier tipo, no sólo el que implica un ascenso de temperatura sino también el que te hace sentir a salvo.
Un pecho por el que pasear mis pinceles y pintar lluvias de estrellas
y escuchar latidos algo desacompasados durante noches enteras -ligeramente más rápidos al coger aire, algo más lentos al soltarlo-.
Las manos a las que me agarro para sentirle cerca por la calle, en la cama y hasta en sueños.
Primera estación, segunda, primavera, otoño, invierno, verano. Espero que esta vez sí me estés entendiendo.
Sus ojos.
Tan negros como el cielo por las noches
Sus ojos.
Tan negros como el cielo por las noches
y a la vez tan claros como rayos de sol.
Tan limpios como cristales de agua y luz.
Tan limpios como cristales de agua y luz.
Un mapa celeste completo concentrado entre las pestañas.
Gritar tan fuerte que despertemos a la tormenta, que resucite en el cielo y volver al paso uno en bucle: unos brazos que me mezcan hasta que acabe.
Gritar tan fuerte que despertemos a la tormenta, que resucite en el cielo y volver al paso uno en bucle: unos brazos que me mezcan hasta que acabe.
Una vez que el vértigo se te ha aferrado al corazón resulta incluso erótico que te disparen adrenalina en la sien.

Vivir.
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