martes, 17 de noviembre de 2015

No es el final

No puedo dejar de referirme a mí misma evocando tormentas. Y la verdad es que no sé por qué, si siempre me he conformado con verlas a través del cristal de la ventana de mi habitación, tapada hasta el cuello con mil mantas y pensando en que jamás saldría a bailar bajo la lluvia como en las películas, porque, a fin de cuentas, eso es una locura. Las tormentas siempre están ahí, ¿entiendes?, quiero decir que es un continuo, que a pesar de haber contemplado el sol durante días es previsible que antes o después llegará el agua, en un ciclo vital incesante. Las tormentas de verano personifican mis peores desastres, el llanto fuerte que llega y colisiona conmigo con la fuerza de un puto ciclón, y me hace llover de manera intensa durante horas, dejándome la piel llena de surcos por los que el agua avanza, y que llegados a un punto se esfuma tan inesperadamente como había llegado. Sin embargo las peores son las precipitaciones de invierno, que pueden durar días de lenta agonía, imposibilitando ver el más leve rastro de luz solar. Demasiadas nubes durante demasiados días, muy pocas horas de descanso antes de retomar el desasosiego, entre un tormento y el siguiente. La lluvia en otoño es una nueva variante de depresión, y en invierno se intensifica tanto que tan solo se me antoja conocer la felicidad en forma de muerte. Decadencia lenta sumida en lo más profundo de mi caos, en un rincón de mis abismos que nadie osaría pisar. Demasiada tristeza en un cuerpo tan pequeño. Nubarrones negros incrustados entre las costillas y humedades constantes y frías en el pulmón derecho. En el izquierdo solo hay charcos. Si fuera una tormenta, mi sistema nervioso estaría compuesto por vientos helados y sueños frustrados. El corazón tendría un ventrículo para las ansias de superación, y otro para las mil novecientas tres veces que me he odiado por haberme rendido. He tardado demasiado en darme cuenta de que puedo yo sola y no dependo de nadie, pero desde que lo supe no he dejado de esperar que alguien llegase y me dijese que, a pesar de ser suficiente yo sola, le haría feliz acompañarme. Y no.
Si puedes sola, sigue sola, a pesar de que tengas la mirada rota de tanto suplicar un acompañante que te coja de la mano para recorrer las calles de la vida y las dudas de la existencia.
Como alguien me dijo alguna vez, y a pesar de seguir sin creérmelo a día de hoy, si el final no es feliz significa que no es el final.





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