Se me han acabado las primaveras. No encuentro tinta que exprese tal falta de sueño, ni tanto derroche de amor del que duele. Porque, las cosas bonitas, duelen. Y si no duelen es que no se entienden, que no han llegado a calarte hasta el alma. Y en el alma todo es diferente, tiene un filtro distinto, cambian los colores, las tonalidades y hasta las melodías. Es sencillamente otra realidad paralela, y nadie tiene tiempo para esperar a que llegue el infinito y ambos mundos se fusionen, aunque solo sea por un instante.
Ese instante, que sería suficiente para cambiarlo todo. Para mirar las flores de los cerezos y, al fin, verlas. Para comprender que el cielo y el mar son la misma cosa.
Para descubrir que hay demasiada musa suicida que sueña con que un poeta la encuentre en cada suspiro y al doblar cualquier esquina, pero no tiene valor para dejarse encontrar.
Ni para dejarse morir.
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