Esto es lo que se ve desde su ventana una tarde cualquiera. Un sábado de finales de septiembre, a quién le importa de qué año.
Te has enamorado de la niña de los ojos tristes, amor. De la que se asoma a la ventana para ver el cielo por el simple hecho de que está atardeciendo, de que la vida entera parece teñirse de color naranja, rosa, y hasta violeta. Y no sé, los atardeceres me recuerdan a Machado, a esos mil recuerdos felices de una infancia que no he tenido. El atardecer de la vida misma, los momentos previos a morir, la melancolía de todo aquello que jamás ha ocurrido. Nostalgia por una existencia que no ha sido la mía, una nostalgia tan profunda que va a quedarse a vivir en los recovecos más oscuros de mi alma, hasta siempre. Cómo no voy a ser una chica triste. Cómo no voy a aparentar ser valiente y fuerte, cómo iba a dejarme olvidada la sonrisa, si es lo único que tengo además de un folio en blanco y mi propia esencia en carne viva, lista para disparar.
Nadie entiende por qué lloro, pero mientras el sol expira y hace que las sombras se alarguen, mientras pinta de tristeza los destellos de mi pelo, vienes por detrás y me das besos en la espalda. Me abrazas, me meces, consigues que no se vaya el poco calor que me queda.
El futuro es demasiado frío para encararlo si no te tengo conmigo. Vamos a intentar ser felices, pero desde ahora te digo que no creo que la felicidad exista, al menos no como algo permanente. Y jode pensar que lo que nos viene por delante va a ser igual de vacío que lo que dejamos atrás. Ni siquiera sé hablar sin conjugar un nosotros, corazón. Y algo me dice que voy a seguir sola, no hoy, no en un año, quizá no en dos. Pero me es infinitamente complicado creer que vas a quedarte para siempre, que los atardeceres van a ser así de hijos de puta el resto de mi vida, y no vas a estar para quitarme la ropa y hacer que olvide.
Te has enamorado de la niña de los ojos tristes, de la que no tiene ángel, de la que no lo encuentra y, sin embargo, no deja de esperar.
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