lunes, 27 de abril de 2015

Huele a añoranza y a verano mojado.

A la chica del espejo le llueve el corazón, y quizá sus cristales auguren tormenta. Los cristales de sus ojos, las ventanas a una realidad paralela que se topa con la mía en algún punto del infinito, en medio de una tormenta también infinita.
Si son correctos todos sus pronósticos de lluvia y cielos cubiertos, tal vez sea porque tiene un satélite palpitándole entre las costillas, en el lugar que un día debió de ocupar el corazón.
Puede que en el fondo esté viva, aunque todas las pisadas apunten a ninguna parte.

Últimamente no escribo ni a tiros. Con "últimamente" quiero decir que creo que tengo algo clavado en el pecho. Tal vez un par de balas perdidas que se han encontrado en medio del escozor de un caso definitivamente perdido. O tal vez las balas no sean, y yo tampoco sea, y solo quede un pozo de resignación encharcándome los pulmones.

Y vais a llamarme loca, pero hay algunos lugares que deberían ser el cielo, incluso aunque haya dejado de sentir un calor diferente al mío bajo los dedos.
Y sigo pensando que es dolorosamente imposible que habiendo vivido una sola vida recuerde una añoranza tan lejana como profunda, y echa de menos unos veranos que no he vivido.



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