martes, 14 de abril de 2015

Con una órbita diferente, la luna y un par de estrellas.

Su habitación olía a pinturas de manera perpetua, casi tanto como la nieve de sus pestañas.
La ventana abierta, la sonrisa cansada, las manos de cristal, los ojos como pozos de tristeza oscura siempre pintados de negro con líneas finas pero seguras, las pestañas formando arcos improbables bañados en lágrimas con demasiada frecuencia, el moño siempre a medio hacer y con un punto de gravedad aparentemente imposible, con órbita propia y siempre seguido por la luna y un par de estrellas. Luces y sombras, pero sobre todo luces.
Las uñas sin pintar, las heridas sin curar, el alma en un continuo deshacerse pero nunca del todo.
El corazón en plena reconstrucción con andamios tan altos que podrían tocar la cúspide del cielo o morir arrasados por la fuerza del sol.

La expresión triste pero a la vez esperanzada, la mirada siempre buscando otros ojos para trazar puentes entre almas, clavículas como precipicios, gestos tan transparentes como el reflejo de la luna en el lago de su voz dulce pero rota. La boca necesitada de besos y la espalda ansiosa de caricias, el pecho desesperado por otros latidos.



Odiaba tanto el pintalabios que se lo quitaba después de las fotos.





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