Da la sensación de ser el cuarto de una niña, supongo, una niña que ha tenido miedo de crecer.
No recuerdo prácticamente nada de mis primeros ocho años de vida, y de ahí en adelante mi cabeza ha intentado hacerme olvidar todos los años de sufrimiento. He de decir que lo ha hecho bien, las lagunas que tengo en la memoria son inmensas. Me gusta pensar que he sabido protegerme.
Supongo que mis cosas cuentan mi historia por mí, y algún día me gustaría ser capaz de contarla, quizá a una hija. Ser capaz de hablarle de mí, al margen del contexto.
Todavía tengo cuentos de hadas, mi madre sigue regalándomelos, entiende que necesito ser valiente para poder avanzar. Peter Pan y Harry Potter en lo alto de la estantería, Campanilla en el cabecero de la cama. Mis caballitos de plástico, la ballena con la que solía bañarme, los juguetes de casi todas las navidades, marionetas, regalos de cumpleaños, medallas de cuando competía, fotos, una réplica de Marte colgando del techo. No recuerdo a penas nada, todo lo que sé es lo que me han contado.
Me da miedo olvidar, y supongo que por eso lo guardo todo, es una manía bastante personal. Supongo que por eso lo escribo todo.
Tengo los billetes de avión a Varsovia, los de ida y vuelta de Roma, fotos del Vistula, guias turísticas, CDs con fotos, el permiso de mi padre para salir del país siendo menor. El mapa de Polonia, de África, el plano de mi ciudad. La bufanda del equipo de fútbol polaco que compré en el aeropuerto, los dibujos que me hizo la pequeña Annia. Me pregunto si se acordará de mí. De la española cariñosa que le hacía cosquillas, y que se encariñó tantísimo con ella a pesar de no entenderse en ningún idioma. Ni siquiera sabía hablar. Ojalá siga siga igual de valiente.
Tengo los boletines de notas de todos los trimestres de bachiller, el título firmado por el rey, los papeles de inscripción de la universidad, las preguntas de los exámenes de selectividad. Los dibujos de mi hermano, todos los que me ha ido regalando y todos los que he logrado rescatar. El discurso que me mandaron escribir para el día de la graduación, el discurso que no pude acabar de leer porque rompí a llorar. La añoranza, la nostalgia, el echar de menos fuerte. Los vestigios de aquella época en la que llegué a creer que podría cambiar el mundo yo sola.
Las chucherías que él me regaló después de su primer ingreso, de la primera vez que sus pulmones decidieron dejar de funcionar. Las mil cartas que le escribía años antes de atreverme a salir con él, las que nunca fui capaz de darle, todas con fecha y firma. Era amor, estúpida, era amor y no quisiste creértelo. No me habría personado nunca si lo hubiera perdido. No sé qué sería de mí ahora, prefiero no saberlo.
Eso es lo que soy, quizá. Un revoltijo de ideas que ni siquiera tienen sentido, que no pueden ordenarse ni clasificarse, pero que se aferran a las paredes de mi alma como a un clavo ardiendo. Me hacen falta, me recuerdan quién soy, pero sobre todo quién quiero ser.
Es doloroso intentar recordar y encontrar solamente vacío, un vacío inmenso de años transcurridos como un suspiro. Los peores años de mi vida, y el miedo que me da recordar. Quiero pero no puedo. Quiero pero no debo. No quiero. No estoy segura.
Prefiero creer que puedo vivir obviando esa parte, pero es más que obvio que no es así, que conforma todo lo que soy. Mis miedos, mi inseguridad, mis traumas, mis ojos tristes. La necesidad de llorar sin motivos aparentes, cuando todo parece marchar bien. La inestabilidad emocional, la dependencia afectiva. La falta de autoestima, la sensación de abandono.
No puedo huir de eso, son los cimientos de mi persona. Si acabase con ellos todo lo demás se vendría abajo, no quedaría nada. Me habría arrancado las entrañas pretendiendo coser mis alas.
Qué fácil parece sonreirle a todo el mundo y vivir como si nada me afectase nunca. Como si pudiese escuchar siempre sin que nadie tenga tiempo para escucharme a mí. Como si de verdad pensase que hay futuro más allá de esta mierda.
Mis alas. Joder, dónde se habrá metido mi ángel.

Quizá tus alas sean todas las palabras escritas, quizá seas esa tormenta agradable e inesperada de un día en el que el sol pica.
ResponderEliminarPor favor, nunca dejes de escribir. En un momento en que estoy tan vacía, tus palabras logran llegar a algún lugar dentro de mí.
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